Pertenezco a una especie humana, a la que jamás le toca la lotería. Cuando alguna autoridad corta la circulación, siempre soy de los primeros en ser desviado hacia la ruta más incómoda.
No es nada extraño que tras esperar diez años a escribir el libro, este fascinante gobierno que nos ha tocado en suerte, haya decidido subir el IVA cultural. Soy consciente de que en un principio no afectará a los libros editados en soporte papel, pero justamente y debido a la crisis, muchos de mis lectores lo son a través de eBook y por ahí ya empiezo a percibir como me van introduciendo el dedo en el ojo.
Mi libro y yo somos tan solo una anécdota, pero la cultura de los países no lo es en absoluto. Las distintas manifestaciones culturales verán incrementado su IVA del 8 al 21 (un 263%); una insensatez incluso para el más insaciable de los usureros. Es algo más que un despropósito si hablamos de un país PIG como España donde los analfabetos de facto -cada vez más empobrecidos- son legión e impedidos de por vida a saborear las más elementales mieles de la cultura.
Tengo un amigo que es un heroico promotor de espectáculos culturales y está hundido. Si no llega antes el Juicio Final, a partir de setiembre deberá descontar de cada localidad el 21% de IVA; el autor de la obra se verá obligado a incrementar también con dicho porcentaje sus emolumentos, al igual que las empresas encargadas de vender las entradas por internet. Triple IVA soportado. Cierto que una parte del mismo se compensa, pero todo ello unido a la práctica imposibilidad de una mayor financiación bancaria y a una crisis galopante, provocará el cierre de muchas empresas culturales que ya se movían en la penuria y cuyos trabajadores pasarán a engrosar las listas del INEM.
Hay quien está convencido de que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se ha lanzado un ataque indiscriminado contra la cultura catalana a fin de conquistar terreno y hacerse con argumentos con los que negociar antes del inevitable debate que se planteará tras la propuesta de concierto económico. Ciertamente las repercusiones de estas peculiares y desaforadas medidas, no son las mismas para una cultura como la catalana que podríamos considerar “emergente” tras décadas de represión cultural. Si hace justicia a la realidad la coplilla zarzuelera “por el humo se sabe dónde está el fuego”, debemos convenir que tras la redefinición del catalán de la Franja como aragonés septentrional y el genocidio lingüístico perpetrado en Baleares, ya nada ha de sorprendernos.
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